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jueves, 10 de septiembre de 2009

La profesora muerta

Una buena papeleta se nos presentó el día que Chiko Gregor vino a clase con su Colt del 42. No era un día cualquiera, era un día en el que nos íbamos de tutoría a relacionarnos con el paisaje otoñal que cada año nos ataca en el mes de octubre. Éramos tres los tutores, la profesora P, la profesora A y yo mismo. Un número más bien corto cuando se sale con más de sesenta alumnos. Pero no tenía pérdida, íbamos ahí mismo. Cuatro revueltas ascendentes en medio del bosque y un camino amplio y recto. No había coches, era el paraíso.


Pero en medio de la placidez del paseo se desata de pronto la tragedia. Que el cielo fuese azul, que apenas las nubes fuesen nada más que un ligero adorno entre los árboles no pudo evitar que en una mañana tan plácida se desatase la tragedia. La profesora A está muerta. La acaba de matar Chico Gregor de un certero disparo entre ceja y ceja. Le ha dicho, te mato, y ha disparado a bocajarro contra ella. La profesora muerta se desespera y me persigue, es necesario hacer algo de inmediato porque ella ya no puede más. Entiendo que la situación es límite porque los gritos, cómo se puede llegar a gritar cuando a uno se le escapa de repente el alma,  generan un repentino silencio entre todos. Alumnos y alumnas quedan paralizados. Resuenan solo los argumentos implacables de la profesora muerta. Está de pie, frente a mí y adivino que pronto perderá el conocimiento. La otra compañera, la profesora P, que todavía está viva y no se siente en modo alguno en peligro le explica como puede que estas cosas a veces pasan. Le dice, mira, maca,  hay alumnos que no se pueden controlar y que hay que aceptarlos como son, son riesgos de la profesión, quizás te lo debía de haber dicho antes pero es que pensaba que estas cosas tú ya las sabías. Ya veo que no y por eso te lo advierto. Tienes que entenderlo. Yo le digo a la Profesora P, le digo que se nos desangra, que se nos va a desmayar,  pero ella entiende que todo está dentro de una lógica, es evidente, dice,  la acaban de matar, no le matan a una todos los días. La profesora A expresa con mayor rotundidad si cabe su parecer, es imprescindible que se suspenda la salida. Menudo dilema, qué hacemos. Ya lo hablaremos con tranquilidad mañana si te parece. Pero ella se mantiene inflexible, es una profesora con principios, de principios, (de principios y de finales pienso yo ahora que la veo muerta ante mí toda desencajada y ya sin ningún futuro por delante)

Total que ya toda la salida se nos convirtió en un funeral. Con pasos de funeral llegamos a la hermita, era el destino.  Bien mirado y con un cadáver a nuestras espaldas no era mal destino. Pero era un día cualquiera, no era domingo, y la hermita estaba cerrada. Los alumnos hicieron sus cosas en los alrededores y la profesora P y yo nos quedamos velando el cadáver de la profesora A. Era un día luminoso y espléndido. Se podía disfutar sin problemas del campo y el velatorio se nos pasó con cierta relajación. Eso sí, cada uno pensaba en sus cosas y el tema de las armas de fuego ni lo tocamos.

Cuando al día siguiente nos encontramos en el instituto, la profesora muerta, la profesora A no descansó en paz hasta que ya tuvo gestionada la cadena perpetua para Chico Gregor.

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